
Era una hermosa noche de Noviembre. Había llovido hace un par de horas y los charcos actuaban como testigos de esa lluvia, ala vez que ejercían de espejo para toda aquella luz de neon que quisiera reflejarse en busca de nuevos horizontes. La calle estaba pobremente concurrida, dos perdonas al fondo, charlando cerca de una farola que tililaba con un zumbido infernal. Esa era la unica forma de vida apreciable, obviamente aparte de mi mismo. Iba caminando con mi habitual parsimonia hacia el bar más cercano, en busca de algunos grados servidos elegantemente en una copa, a ser posible, limpia.
Entré en el bar, casi por completo a oscuras salvo por una lámpara verde sobre la mesa de billar del fondo. Me acerqué a la barra para paliar el tedioso aburrimiento con el tintineo alegre del dueto hielo-cristal.
-Emmmhh... si, pongame un Larios con hielo, por favor
-Enseguida, deme un minutito y le atiendo tan pronto como pueda.
Me fijé en el camarero. Demasiado elegante y educado para un bareto de mala muerte como era aquel recinto. Posiblemente se hubiera visto forzado a trabajar aquí para poder llevar un ritmo de vida levemente superior a la miseria. Éramos, ciertamente, la triste sombra de una bohemia ahora extinta, dos intelectuales llevados a un inframundo de suciedad y ambientes espesos cargados de humo. Pero adoro este clima decadente, totalmente opuesto al brillante y caluroso sol que ornamentaba las fiestas de los pueblos pasados. Finalmente pasó por mi cabeza una impresión. Estamos en un proceso de autoregresión evolutiva en lo referente a lo social. Imaginando pude ver una celula abandonada, máximo exponente de la singularidad biológica. Posteriomente, una sociedad en la que todos se ayudan, sería el cénit de la agrupación social. Y ahora de vuelta al individualismo. Somos células, un conjunto de células que actúan como una sola, sin vivir en simbiosis con el resto de las otras personas.
Mientras pensaba esto, un borracho terminaba de expulsar al causante de su estado por el mismo lugar por el cual entró, antes de caer al suelo y hacer lo propio por todos los agujeros de su cuerpo.
-Bendito bastardo infeliz - pensé. Este desgraciado acababa de aportar la prueba de mi teoría. No me importo una mierda el desenlace de su destino, simplemente lo caer y sutilmente me sugirió la idea de un mundo como una cochiquera, donde comemos y bebemos hasta hartarnos, para luego dejarnos caer y dejar paso a que los demás sacien su apetito. ¡Cuanta reflexión en la caída de un borracho!
-Aquí tiene señor... son 4€
-Muy bien, espere... aqui tiene, quédese con la vuelta.
Yo no era generoso. Como bien dije, el borracho cayo al suelo, momento que aproveche para sisarle un billete de 5€. De alguna manera habría de cobrarme esa reflexión. Al parecer fue mas útil de lo que pensaba.
Bebí el vaso casi al salto y me puse mi abrigo para salir de nuevo a la calle. Había vuelto a llover, por lo que me puse mi viejo sombrero marrón. Con mi paso lento me dirigía a mi casa, reproduciendo mentalmente un tema de cualquier película desconocida hace años, pero que misteriosamente habia hecho mella en mi atención. Que hermosa melodía, un piano como ese debería ser una pieza de museo.
Justo antes de llegar al portal, dirigí mi vista a un pequeño pasadizo con alcantarillas humeantes. "Que buena ambientación para una película de terror de serie B americana" pensé. Nunca antes me había llamado la atención ese pasadizo, por lo que decidí echarle un pequeño vistazo, para saciar mi curiosidad. Al poco de atravesar varias cortinas espesas de humo, me encontré con una estampa grotesca.
Un cuerpo tirado en el suelo, lleno por completo de heridas y rasgaduras como mordiscos. Levantó su cabeza y me miró, con unos ojos negros por completo. Unos ojos que aunque yo no pudiera ver hacia dónde miraban, sabía que me tenían en su centro. Instantes después, una mano salida de las sobras lo alzo hasta varios centímetros del suelo y le partió la cabeza con un golpe seco y potente.
-Vaya vaya... mirad lo que tenemos aquí - dijo una voz burlona a mi espalda - Parece que esta navidad ha llegado antes.
Maldita sea, acababa de meterme de lleno en el peor sitio del mundo. Al parecer el pasadizo era un lugar de reunión para vagos, maleantes y demas fauna de cabrones dispuestos a amargarme la vida... o lo que me quedase de ella.
Como por arte de magia, salieron no menos de 20 hombres, cerrándome el paso a ambos lados del lugar. Armados con tuberías, piedras, alguna navaja y botas con punta de acero, se acercaban peligrosamente a por mi.
En un acto de locura, decidí lanzarme a correr contra ellos, saltando en el momento justo para caer con los dos pies sobre las rodillas de un matón. El impacto le quebró la rotula, pero de poco sirvió el gesto, ahora me encontraba en el suelo mientras su compañero me atizaba con el puño en la mandíbula.
-¡Alto! ¡Detenganse todos! - gritó una voz a la salida de la calle.
Reconozco que entonces tuve mucha suerte, algun vecino acababa de llamar a la policía y detuvieron a gran parte de los desgraciados que iban a zurrarme, pero el cabecilla escapo por los tejados.
-Deberá acompañarnos a comisaría para hacer declaración.
-Si claro. Por cierto, el hombre... ¿saben quien lo mató?
-¿Qué hombre?
Miré de nuevo mientras señalaba... a la nada. No había ni cadaver, ni rastro de sangre ni nada, solo un par de cubos abollados y nada mas.
-No, nada... debe de haber sido una conmoción.
-De acuerdo, vaya a casa y diríjase a la comisaría en cuanto le haya visto un médico. Por favor, no se retrase más de una semana o tendremos que soltarlos sin cargo alguno.
-Si si, descuide...
Me dirigí a mi casa a ponerme un par de antiinflamatorios. La mandíbula me ardía por dentro, como si acabara de comerme puntas ardiendo y se me hubieran clavada en la encía. Posiblemente la raíz de una muela se hubiera roto, el dolor era casi insoportable. Hecho lo propio, me tumbé en la cama y esperé a que el dolor se calmara un poco, me era imposible dar dos pasos sin tirarme al suelo a llorar de dolor como una niña.
Desperté en una habitación de un mugriento hotel. Las paredes estaban de color crema y marrones, como si hubieran envejecido y el papel mismo fuese de hierro oxidado. No había teléfono, ni televisión o radio con la que me pudiera comunicar con el mundo externo a mi lúgubre cuarto. Opté, tras una breve meditación, bajar a recepción y preguntar a alguien cómo había llegado a ese lugar, ya que no lo recordaba.
-Maldición, sexto piso y sin ascensor. ¿qué clase de hotel es este? - dije para mis adentros.
Con más paciencia que ganas de sentarme de nuevo en la cama, bajé escalon tras escalón hasta llegar a una elegante mesa de recepcionista. Piqué al timbrecillo sobre la mesa, hasta tres veces y nadie acudió. La puerta de entrada se encontraba cerrada con tablones y las manillas atascadas con varias cadenas y candados.
-¿Cómo he entrado aquí?
La respuesta fue mi propio eco muy amortiguado por la alfombra. De pronto, como si las paredes vivieran de recibir sonidos, el ambiente se volvió sordo. Cada paso sonaba como en otra habitación, incluso las palabras como si las dijera desde debajo del agua. Rápidamente subí las escaleras hacia mi cuarto. Mientras ascendía, picaba en todas las puertas con la esperanza de no ser el único con vida allí. El miedo se apoderada de mi, era como una película de terror, donde la pobre víctima no comprende nada hasta que de súbito sale el asesino entre las sombras, o le acecha desde una esquina convenientemente colocada.
Reconozco que hoy sería harto gracioso verme correr como un loco y salir saltando o deslizándome a cada doblez de la pared, temiendo encontrarme con un cuchillo a la altura de la cara o del corazón.
Llegué por fin a mi cuarto, cerré la puerta con fuerza y le atranqué una silla para que nadie pudiera abrirla. Sudoroso, en ese estado no podría ni sostener la mirada sin llenarme los ojos de sudor. Me dirigí al baño a refrescarme y a quitarme de alguna manera esa adrenalina que me había causado el simple hecho de pensar que convivo con un posible asesino.
Abrí al grifo. Estaba oxidado del todo, pero las manillas cedían sin esfuerzo. Unas pocas gotas de agua salieron con una negrura propia de un charco o de un cenagal, pero el resto eran cristalinas. Metí las manos y me mojé la cara y el cuello.
-Argh... cojones, que dolor de cabeza.
Era un dolor justo por detrás de los ojos. Normalmente me hubiera echado a descansar, pero en un sitio como ese prefería tirar de pastillas hasta que el cuerpo me dijese basta. Abrí el armario de encima del lavabo y busqué en vano alguna aspirina. Nada de nada, el mal fario se apoderada de mi por momentos. Cerré con un gesto la puertecita, y el espejo me devolvió la imagen de la persona con los ojos ennegrecidos que había muerto hace escasos momentos, justo reflejada a mi espalda.
Me giré con toda la velocidad que pude, pero no alcancé a verla. A mis espaldas únicamente estaba un pequeño toallero y el retrete. Nada más. Mirando de nuevo al espejo pude volver a ver esa cara, con los ojos aún más oscuros, aún más abiertos, con la mandíbula desencajada y la nariz rota. Progresivamente iba adquiriendo un aspecto de cadáver, con piel morada y mojada del agua que rezuma de los muertos, huecos comidos por gusanos y demás características que harían vomitar a una cabra.
Frenéticamente empecé a golpear al espejo, a la grotesca imagen cadavérica que tenía virtualmente a mi espalda. Rompí el espejo, pero estaba seguro que ese cuerpo se encontraba aún a mi espalda, burlándose de mi desgracia.
Desconsolado le grité.
-¿Quién eres? ¿QUIÉN ERES?... ¿qué eres...?
Como si hubiera recibido un disparo de dardo tranquilizante, caí a plomo sobre el frío suelo hasta quedarme dormido.
Entré en el bar, casi por completo a oscuras salvo por una lámpara verde sobre la mesa de billar del fondo. Me acerqué a la barra para paliar el tedioso aburrimiento con el tintineo alegre del dueto hielo-cristal.
-Emmmhh... si, pongame un Larios con hielo, por favor
-Enseguida, deme un minutito y le atiendo tan pronto como pueda.
Me fijé en el camarero. Demasiado elegante y educado para un bareto de mala muerte como era aquel recinto. Posiblemente se hubiera visto forzado a trabajar aquí para poder llevar un ritmo de vida levemente superior a la miseria. Éramos, ciertamente, la triste sombra de una bohemia ahora extinta, dos intelectuales llevados a un inframundo de suciedad y ambientes espesos cargados de humo. Pero adoro este clima decadente, totalmente opuesto al brillante y caluroso sol que ornamentaba las fiestas de los pueblos pasados. Finalmente pasó por mi cabeza una impresión. Estamos en un proceso de autoregresión evolutiva en lo referente a lo social. Imaginando pude ver una celula abandonada, máximo exponente de la singularidad biológica. Posteriomente, una sociedad en la que todos se ayudan, sería el cénit de la agrupación social. Y ahora de vuelta al individualismo. Somos células, un conjunto de células que actúan como una sola, sin vivir en simbiosis con el resto de las otras personas.
Mientras pensaba esto, un borracho terminaba de expulsar al causante de su estado por el mismo lugar por el cual entró, antes de caer al suelo y hacer lo propio por todos los agujeros de su cuerpo.
-Bendito bastardo infeliz - pensé. Este desgraciado acababa de aportar la prueba de mi teoría. No me importo una mierda el desenlace de su destino, simplemente lo caer y sutilmente me sugirió la idea de un mundo como una cochiquera, donde comemos y bebemos hasta hartarnos, para luego dejarnos caer y dejar paso a que los demás sacien su apetito. ¡Cuanta reflexión en la caída de un borracho!
-Aquí tiene señor... son 4€
-Muy bien, espere... aqui tiene, quédese con la vuelta.
Yo no era generoso. Como bien dije, el borracho cayo al suelo, momento que aproveche para sisarle un billete de 5€. De alguna manera habría de cobrarme esa reflexión. Al parecer fue mas útil de lo que pensaba.
Bebí el vaso casi al salto y me puse mi abrigo para salir de nuevo a la calle. Había vuelto a llover, por lo que me puse mi viejo sombrero marrón. Con mi paso lento me dirigía a mi casa, reproduciendo mentalmente un tema de cualquier película desconocida hace años, pero que misteriosamente habia hecho mella en mi atención. Que hermosa melodía, un piano como ese debería ser una pieza de museo.
Justo antes de llegar al portal, dirigí mi vista a un pequeño pasadizo con alcantarillas humeantes. "Que buena ambientación para una película de terror de serie B americana" pensé. Nunca antes me había llamado la atención ese pasadizo, por lo que decidí echarle un pequeño vistazo, para saciar mi curiosidad. Al poco de atravesar varias cortinas espesas de humo, me encontré con una estampa grotesca.
Un cuerpo tirado en el suelo, lleno por completo de heridas y rasgaduras como mordiscos. Levantó su cabeza y me miró, con unos ojos negros por completo. Unos ojos que aunque yo no pudiera ver hacia dónde miraban, sabía que me tenían en su centro. Instantes después, una mano salida de las sobras lo alzo hasta varios centímetros del suelo y le partió la cabeza con un golpe seco y potente.
-Vaya vaya... mirad lo que tenemos aquí - dijo una voz burlona a mi espalda - Parece que esta navidad ha llegado antes.
Maldita sea, acababa de meterme de lleno en el peor sitio del mundo. Al parecer el pasadizo era un lugar de reunión para vagos, maleantes y demas fauna de cabrones dispuestos a amargarme la vida... o lo que me quedase de ella.
Como por arte de magia, salieron no menos de 20 hombres, cerrándome el paso a ambos lados del lugar. Armados con tuberías, piedras, alguna navaja y botas con punta de acero, se acercaban peligrosamente a por mi.
En un acto de locura, decidí lanzarme a correr contra ellos, saltando en el momento justo para caer con los dos pies sobre las rodillas de un matón. El impacto le quebró la rotula, pero de poco sirvió el gesto, ahora me encontraba en el suelo mientras su compañero me atizaba con el puño en la mandíbula.
-¡Alto! ¡Detenganse todos! - gritó una voz a la salida de la calle.
Reconozco que entonces tuve mucha suerte, algun vecino acababa de llamar a la policía y detuvieron a gran parte de los desgraciados que iban a zurrarme, pero el cabecilla escapo por los tejados.
-Deberá acompañarnos a comisaría para hacer declaración.
-Si claro. Por cierto, el hombre... ¿saben quien lo mató?
-¿Qué hombre?
Miré de nuevo mientras señalaba... a la nada. No había ni cadaver, ni rastro de sangre ni nada, solo un par de cubos abollados y nada mas.
-No, nada... debe de haber sido una conmoción.
-De acuerdo, vaya a casa y diríjase a la comisaría en cuanto le haya visto un médico. Por favor, no se retrase más de una semana o tendremos que soltarlos sin cargo alguno.
-Si si, descuide...
Me dirigí a mi casa a ponerme un par de antiinflamatorios. La mandíbula me ardía por dentro, como si acabara de comerme puntas ardiendo y se me hubieran clavada en la encía. Posiblemente la raíz de una muela se hubiera roto, el dolor era casi insoportable. Hecho lo propio, me tumbé en la cama y esperé a que el dolor se calmara un poco, me era imposible dar dos pasos sin tirarme al suelo a llorar de dolor como una niña.
Desperté en una habitación de un mugriento hotel. Las paredes estaban de color crema y marrones, como si hubieran envejecido y el papel mismo fuese de hierro oxidado. No había teléfono, ni televisión o radio con la que me pudiera comunicar con el mundo externo a mi lúgubre cuarto. Opté, tras una breve meditación, bajar a recepción y preguntar a alguien cómo había llegado a ese lugar, ya que no lo recordaba.
-Maldición, sexto piso y sin ascensor. ¿qué clase de hotel es este? - dije para mis adentros.
Con más paciencia que ganas de sentarme de nuevo en la cama, bajé escalon tras escalón hasta llegar a una elegante mesa de recepcionista. Piqué al timbrecillo sobre la mesa, hasta tres veces y nadie acudió. La puerta de entrada se encontraba cerrada con tablones y las manillas atascadas con varias cadenas y candados.
-¿Cómo he entrado aquí?
La respuesta fue mi propio eco muy amortiguado por la alfombra. De pronto, como si las paredes vivieran de recibir sonidos, el ambiente se volvió sordo. Cada paso sonaba como en otra habitación, incluso las palabras como si las dijera desde debajo del agua. Rápidamente subí las escaleras hacia mi cuarto. Mientras ascendía, picaba en todas las puertas con la esperanza de no ser el único con vida allí. El miedo se apoderada de mi, era como una película de terror, donde la pobre víctima no comprende nada hasta que de súbito sale el asesino entre las sombras, o le acecha desde una esquina convenientemente colocada.
Reconozco que hoy sería harto gracioso verme correr como un loco y salir saltando o deslizándome a cada doblez de la pared, temiendo encontrarme con un cuchillo a la altura de la cara o del corazón.
Llegué por fin a mi cuarto, cerré la puerta con fuerza y le atranqué una silla para que nadie pudiera abrirla. Sudoroso, en ese estado no podría ni sostener la mirada sin llenarme los ojos de sudor. Me dirigí al baño a refrescarme y a quitarme de alguna manera esa adrenalina que me había causado el simple hecho de pensar que convivo con un posible asesino.
Abrí al grifo. Estaba oxidado del todo, pero las manillas cedían sin esfuerzo. Unas pocas gotas de agua salieron con una negrura propia de un charco o de un cenagal, pero el resto eran cristalinas. Metí las manos y me mojé la cara y el cuello.
-Argh... cojones, que dolor de cabeza.
Era un dolor justo por detrás de los ojos. Normalmente me hubiera echado a descansar, pero en un sitio como ese prefería tirar de pastillas hasta que el cuerpo me dijese basta. Abrí el armario de encima del lavabo y busqué en vano alguna aspirina. Nada de nada, el mal fario se apoderada de mi por momentos. Cerré con un gesto la puertecita, y el espejo me devolvió la imagen de la persona con los ojos ennegrecidos que había muerto hace escasos momentos, justo reflejada a mi espalda.
Me giré con toda la velocidad que pude, pero no alcancé a verla. A mis espaldas únicamente estaba un pequeño toallero y el retrete. Nada más. Mirando de nuevo al espejo pude volver a ver esa cara, con los ojos aún más oscuros, aún más abiertos, con la mandíbula desencajada y la nariz rota. Progresivamente iba adquiriendo un aspecto de cadáver, con piel morada y mojada del agua que rezuma de los muertos, huecos comidos por gusanos y demás características que harían vomitar a una cabra.
Frenéticamente empecé a golpear al espejo, a la grotesca imagen cadavérica que tenía virtualmente a mi espalda. Rompí el espejo, pero estaba seguro que ese cuerpo se encontraba aún a mi espalda, burlándose de mi desgracia.
Desconsolado le grité.
-¿Quién eres? ¿QUIÉN ERES?... ¿qué eres...?
Como si hubiera recibido un disparo de dardo tranquilizante, caí a plomo sobre el frío suelo hasta quedarme dormido.



